Como un taladro, todas y cada una de las palabras que pronunciaba el locutor de turno, me iban devolviendo, poco a poco, a la realidad. Lentamente me incorporé en el lecho e intenté situar mi vista en la pantalla parpadeante del monitor. Oía, pero no escuchaba, las noticias de aquel amanecer de primavera.
Para mí se trataba de un día más, otra monótona y aburrida jornada exactamente idéntica a la que tuve ayer, y anteayer y antes de antes de... Al menos así lo creía, pero sin saberlo, el jueves 11 de marzo de 2004 iba a cambiar para siempre mi vida y la de todos los españoles.
El reloj marcaba las siete cincuenta y dos minutos, y en la valenciana cárcel de Picassent, los presos esperábamos el puntual recuento de las ocho de la mañana.
Seguí visionando el noticiario matinal. De pronto, el locutor habló nerviosamente de una información de última hora: <
-Vale, entonces está decidido. Vamos a preparar la estrategia -sentenció José Luis.
Contabilizamos los coches disponibles, en total sumaban media docena más la furgoneta, decidimos mandar el furgón a la sede con los novatos y el resto iríamos de caza.
-Bueno, seis coches equivalen a dos grupos de tres o tres de dos. ¡Venga, elegid la opción! -apremió uno.
Optamos por ir tres grupos de dos coches cada uno, así abarcaríamos más zona. En cada vehículo subiríamos cuatro personas y si podíamos ser cinco, ¡mejor!
Cogimos unos palos gruesos de azada. Los solíamos usar a modo de bates para golpear en las reyertas, con la salvedad de que, si la policía nos registraba y los encontraba, podíamos justificar su posesión diciendo que era para ponerlos en unas azadas que teníamos en nuestro chalé o en el <
Campamento paramilitar organizado por Patria Libre en El Escorial.
Guardamos silencio, después empezaron las preguntas:
-¿Dónde ha sido?
-¿Pero está grave o muy grave? -preguntaban estúpidamente algunos.
En seguida se iniciaron los descalificativos hacia los etarras: cientos de inflamantes insultos para aquellos que tan alegremente jugaban a ser Dios. Decidimos suspender el ejercicio y retornar a nuestra posición. Evidentemente, sólo departíamos sobre el fatídico acontecimiento.
Al anochecer cenamos unos sándwiches acompañados por un par de huevos fritos, que nuestro intendente, Manolo, había adquirido en una localidad cercana. Pegados a la radio, nos enteramos de la fantástica e inmediata respuesta que la sociedad mostraba ante tan luctuosa desgracia. Cientos de manifestaciones espontáneas surgieron en diversas poblaciones de nuestra piel de toro, en ellas cientos de miles de personas gritaron: ¡BASTA YA! a los asesinos. Parecía que, aunque tarde, muchos habían reaccionado y que ese crimen significaría un antes y un después.
Después de matar el hambre, organizamos un fuego de campamento. Nos colocamos en círculo y algunos empezaron a contar historias de miedo aprovechando la tétrica luz que los fogones creaban. Escuchaba un interesante relato cuando alguien, por detrás, tocó mi hombro. Me giré y vi a Eduardo Arias haciéndome señas para que lo siguiera. Silenciosamente me levanté y anduve tras él. En plan misterioso me hizo subir a un todo terreno junto a dos integrantes de su organización, a la vez que susurraba:
-Miguel Ángel Blanco ha muerto en el hospital, tenemos que charlar largo y tendido sobre esto. Bajaremos al pueblo y charlaremos tranquilamente.
Asentí y le acompañé. Tras veinte minutos conduciendo por estrechas carreteras, llegamos a una pequeña población de la sierra. Aparcamos y entramos en un bar.
-¡Hay que hacer algo! Lo de hoy no puede quedar impune, ha sido una auténtica canallada lo que han hecho con el chico ese... ¿Pero has oído la radio? ¡Los muy hijoputas le han apagado un cigarro en la herida! ¡Hace falta ser cabrón par a hacer algo así!
-Tienes razón -dije-. Pero no podemos hacer nada. Creo que lo mejor es continuar con la acampada, con nuestros actos y con la vida normal. Pero además y por mucho que me fastidie este asesinato, piensa que si nos planteáramos realizar algo, eso nos obligaría a actuar ante cada asesinato de ETA, y creo que se crearía un precedente peligroso...
-Conozco mucha gente vasca afiliada al Partido Popular y piensan como nosotros -afirmó Arias-. El chico este que han matado, si en vez de vivir en Vascongadas hubiera vivido en Madrid, estaría hoy en esta acampada... ¡Voto para que hagamos una acción de represalia!
-Vamos a ver Eduardo... -insistí-. Te repito lo que he dicho antes, pero si quieres venganza, ¿Contra quién piensas dirigirla?
-Mañana es domingo -dijo-. Un camarada ha bajado a El Escorial y a las doce del mediodía hay prevista una concentración frente al ayuntamiento donde se guardará un minuto de silencio. Iremos con las camisas azules y haremos acto de presencia, y si alguien dice algo en contra... pues ya sabes lo que le espera.
Entendí de inmediato su velada amenaza y repliqué:
-¡Vale, quieres venganza! ¿No? Vamos a hacerla... pero de verdad. En vez de ir a El Escorial a que paguen los platos rotos algunos pobres pelanas, cojamos los coches y vayamos a San Sebastián o a Bilbao... metámonos los cien en una Herriko Taberna y montemos un follón de campeonato... ¡Con dos cojones!
Eduardo se rió y rechazó con la cabeza mi opción a la vez que decía:
-¡Estás loco! ¿A estas horas quieres que vayamos allá? Además está muy lejos. ¡No! Entre los cuatro presentes elegiremos tu opción o la mía.
Realizamos una votación y sólo yo voté en contra. Quedó decidido, volvimos a la montaña y comunicamos a la gente lo acordado. A las diez en punto bajaríamos a la ciudad y desgraciadamente temía que... ¡pobre de aquel que se pusiera por medio!
Pasamos tranquilamente la noche. Tan sólo los imaginarias que velaban por nuestro sueño permanecieron alerta. Cuando los primeros rayos de sol despuntaban en el nuevo día, la quietud se transformó en bullicio en el improvisado campamento. Todo era ir y venir de personas enfundadas con camisas azules, muchas con olor a naftalina. Como si fuéramos actores en vísperas del estreno, nos ocupábamos en dar los últimos retoques para que nuestra uniformidad resultara impecable. Algunos cosían los yugos y flechas a fin de que quedasen perfectamente visibles sobre los bolsillos de las prendas.
-Oye... ¿Los yugos van a la derecha o a la izquierda?
-¡Joder tío, menuda pregunta más idiota! ¡Siempre encima del corazón!
Finalizado el ceremonial, las falanges formaron a la espera que Eduardo y yo les pasáramos revista. Después de comprobar el impecable aspecto externo que mostraban, izamos respetuosamente nuestras banderas, cantamos el Cara al sol y, tras romper filas, dimos orden de partir a El Escorial.
Subimos a los coches e iniciamos ruta hacia la villa. Durante el viaje sonaron canciones del Frente de Juventudes y eso trajo a mi memoria los incidentes de un lejano día hace muchos años, cuando viajaba a San Sebastián a un mitin. La excusa también fue ETA, y un pequeño temblor me estremeció al recordar esa amarga experiencia. Ojalá hoy no fuera igual que aquel día, por mi parte haría lo imposible para evitarlo.
Sobre las doce llegamos a la casa consistorial, cientos de personas esperaban la hora exacta para iniciar el minuto de riguroso silencio previsto. Mientras tanto, con nuestras camisas azules íbamos provocando los comentarios y las descaradas miradas del gentío. Me encontraba a disgusto con la situación, la consideraba una provocación sin justificación alguna... Pero mi malentendido sentido de la disciplina me obligaba a actuar así. Sería la última vez.
Las campanadas dieron la hora y toda la plaza quedó inmóvil en recuerdo del malogrado concejal. Transcurrido el tiempo formal, la muchedumbre inició un alborotado ruido de voces, mientras pacíficamente se disgregaban y retornaban a sus actividades diarias.
Entonces, un potente griterío captó mi atención. Dirigí la mirada hacia el lugar de donde partían los chillidos y contemplé a un nutrido grupo de camaradas persiguiendo a cuatro jóvenes con el propósito de darles caza. Salí corriendo detrás de ellos intentando evitar la tunda que se barruntaba. Les di alcance en el centro de una amplia avenida cuando la emprendían a mamporros con los mozos. Me coloqué entre ambos conjuntos para parar la pelea:
-¡Quietos todos... parad! -grité-. ¡Qué demonios estáis haciendo! ¿Tienen culpa acaso estas personas de lo de ayer? ¿No veis que son unos críos? ¡Malditos fachas de pacotilla! ¡Cómo se nota que habéis estado en pocos follones! He vivido miles y ninguno ha servido de nada más que para crearnos mala fama y problemas. ¡Estáis equivocados si pensáis que este es el camino!
Ante mis contundentes palabras, la lucha concluyó. Uno de Patria Libre se acercó y me dijo que todo se inició cuando en la plaza se guardaba silencio. Parece ser que estos chavales de estética <>, ante el respetuoso mutismo prorrumpieron en risas y uno de ellos exclamó ¡Gora ETA!, entre el jolgorio de sus compañeros. A raíz de aquello comenzó el enfrentamiento.
-Me parece perfecto lo que dices -contesté-, pero no son las personas ni es el lugar, y aún más, aunque fueran los responsables... ¿Serviría para algo lincharlos? ¿O se trataría, simplemente, de una salvajada? Ayer se lo dije a Eduardo, no quiero venganzas, pero si no hubiera otra solución, que lo dudo, demostremos gallardía acudiendo a la zona más abertzale del País Vasco, pero no vayamos a tocar las narices a las gentes de El Escorial que no tienen culpa de nada y están tan dolidos como nosotros. ¿Tengo o no razón?
El compañero asintió ante mi razonamiento, acudió otro y nos indicó que estas personas eran de esa localidad y era públicamente conocido su apoyo a ETA.
-Escucha, esos niñatos no saben ni lo que quieren y si es cierto lo que decís, no os preocupéis que la Guardia Civil los tendrá fichados. Argumenté tranquilamente.
Un rumor a mi espalda hizo que volviera la cabeza. Por el paseo se acercaba una multitud de vecinos profiriendo insultos contra nosotros, <> no entendían que unos desconocidos fueran a su ciudad a montar jaleo. Ante esa reacción popular, varios camaradas dispersos acudieron a socorrernos.
Volví a adelantarme para evitar nuevas riñas, uno de ellos me agarró la camisa y arrancó de cuajo un bolsillo. Aparté su mano e intentó golpearme con la otra, paré su puñetazo en el aire y le cogí de la solapa. Cerró los ojos temiendo mi impacto, y le dije:
-Tranquilízate y no juegues con fuego, no queremos peleas.
-¡A buenas horas! -respondió.
El ambiente supuraba tensión, parecía imposible que pudiera evitarse la contienda. Por una parte nosotros, en un rincón los cuatro temblando, y enfrente, cientos de personas gritándonos: ¡fascistas asesinos! En ese instante, uno de los de Arias, probablemente el único con conocimientos de psicología humana, se plantó ante todos y gritó mientras señalaba a los aprendices de abertzales:
-¡Son ellos! ¡Apoyan a ETA! ¡Han dado vivas a la banda!
Ante esas palabras, el tumulto que segundos antes iba a embestirnos, volvió la mirada hacia los otros y empezaron a gritar: ¡ETA no! y ¡etarras fuera de El Escorial!, mientras intentaban agredir a los chicos que, junto a la puerta de una bodega, miraban a la marea humana con los ojos desencajados por el miedo.
Oímos sirenas y alguien gritó que venía la Guardia Civil. Al poco, varios vehículos patrulla irrumpieron en la vía.
-¡Viva la Benemérita! -gritó una anciana. Varios vivas se sumaron a esta aclamación.
Un aluvión de agentes, porra en mano, descendieron de sus autos dirigiéndose al tumulto:
-¿Qué ocurre aquí? ¡Vamos, circulando! ¡Vuelvan todos a sus casas! -exclamó uno de ellos.
Ante la lógica actitud, la gente empezó a dispersarse.
-¡A ver! ¿Qué ha ocurrido? -dijo el guardia a la vez que se encaraba a un grupo de camaradas.
Nadie dijo nada. Todos se giraron e intentaron, disimuladamente, poner tierra por medio. Pero nuestros uniformes no dejaban lugar a la duda y varios compañeros del anterior acudieron a reforzar su acción.
Viendo que ninguno de los míos decía nada y que optaron por la política del avestruz, me acerqué decididamente a un miembro del instituto armado y me responsabilicé de todo lo ocurrido. Me pidieron la documentación y se la tendí a la vez que intentaba explicar el suceso. Me tomaban la filiación cuando llegó Arias, que igualmente se hizo cargo de la situación dando sus datos.
Buscamos nuestros automóviles y emprendimos rumbo al refugio. Por mi parte consideraba totalmente inapropiada la acción y se lo hice saber a Eduardo. En mi fuero interno estaba satisfecho, había evitado la paliza y no había hecho uso de la fuerza para lograr imponerme frente a los demás. Quizá en eso resida la clave...
En la soledad del presidio, asentí con la cabeza al recordar la conclusión a la que llegué tras pasar esta experiencia. Hacía tiempo que había tomado esa resolución,
pero fue en aquel preciso instante cuando supe que había elegido el camino correcto. Más vale tarde que nunca, pensé.
A partir de ahora dejaría de acatar ciegamente órdenes absurdas y cumpliría sólo aquellas que dictase mi conciencia. Seguiría fiel a mis ideas, ¡eso sí!, pero sin ataduras a quienes, erigiéndose en líderes, no demostraban más que un egocentrismo esperpéntico y hacían uso de una violencia absurda parapetándose detrás de los demás. Leal seguía, aún entre rejas, y eso pesaba mucho.
Aquella triste jornada de marzo noté en falta la suspensión de la campaña electoral, pero era algo normal dado el cariz que tomaban los acontecimientos. Las últimas informaciones las supe por medio de un funcionario de prisiones con el que coincidí y contabilizaban más de sesenta víctimas mortales... y seguían aumentando. Ante tan brutal noticia me quedé con la sangre helada.
Pasaban sólo unos minutos de las nueve y media cuando oí unas voces:
-¡Venid corriendo, Ibarretxe está dando una rueda de prensa en directo! -exclamó un compañero.
Acudimos raudos ante el televisor del módulo, en esos momentos el lehendakari aparecía en la pantalla con semblante serio y, entre otras cosas, decía:
-ETA está escribiendo sus últimas páginas, terribles, desorientadas, pero las últimas.
Esa declaración implicaba la confirmación oficial de que la banda vasca había sido la autora material de la matanza. Era algo que todos suponíamos aunque, muy en el fondo, lo veíamos improbable, dado el cambio de estrategia terrorista que el golpe implicaba. Pero ya no existían dudas, habían sido lo de siempre. ¡Malditos canallas!
-Tengo que hablar urgentemente con Gorka, él sabrá de que va todo esto -pensé.
Si alguna vez alguien me dijera que en una sola frase resumiera lo que es la cárcel, no tendría mucho que pensar. La expresión elegida sería: la prisión es el mundo de lo absurdo. Un dicho que encajaría perfectamente.
Cuando ingresé en <> no caí en la cuenta de que podría encontrarme con etarras. Y lo que jamás supuse es que, a pesar de mi animadversión visceral a estos pistoleros, llegaría a intimar con algunos históricos de la organización. Durante miles de horas hablé con ellos de todo: sus ideas, metas, sueños, soluciones políticas, personajes públicos, anécdotas, futuro... Jamás les oculté mis ideales, ni mi profundo patriotismo español y, mucho menos, las historias que en estas páginas he contado y otras muy impactantes que más adelante relataré… Así conseguí escuchar de primera mano lo que sienten y piensan, conocí a gentes con muchísimos años de condena cumplidos, y que tardarán todavía en ver la calle.
No soy juez ni pretendo jugar a serlo, no dudo que merezcan hallarse tras los muros de las cárceles, pero he aprendido a conocerlos y, aún pensando como he hecho siempre, gané su confianza y desarrollamos un gran aprecio mutuo. Quizá sucedió porque les hablé sin tapujos ni miedo, pero sabiendo escuchar. O puede que fuera porque nunca les oculté nada. Me abrieron sus corazones y desnudaron sus almas, intimé con muchos, precisamente con Gorka más que con nadie. Llevaba casi veinte años encerrado por asesinatos, secuestros y bastantes más delitos. Pensaba que si alguien sabía algo de ese atentado, podía ser él. A pesar de la larga condena cumplida, seguía defendiendo sus ideales y se mostraba orgulloso de pertenecer a ETA. Cogí mi carné, salí al pasillo y me encaminé a su módulo, consciente que este capítulo de la historia que se estaba redactando, para mí quedaría incompleto si no sabía la verdad... Buscaba hablar con un amigo imposible, resultado de una relación antinatural que tan sólo la cárcel puede crear.
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